Mi primera pasantía en Alabama - 10/01/2023

Al principio, todo parece mágico, porque es un país nuevo, uno en el que probablemente nunca has estado. Todo es diferente: el idioma, las calles, las estaciones, la comida... incluso la sonrisa de la gente.

Pero en esos primeros meses, extrañé tanto a mi alma gemela que me dolió. Cuando extrañas a alguien así, se siente casi invisible, como un personaje de película que nunca está presente. Miraba mi cama y él no estaba. Ponía canciones latinas alegres con letras románticas, y aun así... lágrimas.

Para el quinto mes, la añoranza cambió. Extrañaba a mis amigos: las risas, las charlas nocturnas, las fiestas, los bailes, los pequeños momentos que compartíamos cada fin de semana. Los recordaba y lloraba.

Estaba demasiado sensible. Tenía ganas de volver a casa, aunque aún faltaban seis meses. Y entonces me dije: «Angie, eres muy valiente».

Estar en un país nuevo te hace socialmente incómodo. No porque seas callado, sino porque no sabes cómo reaccionará la gente: ¿querrán hablar contigo? ¿Te harán sentir bienvenido? ¿Se fijarán siquiera en ti?

Anhelaba que alguien se interesara por , que hablara, que compartiera una sonrisa, que me dijera que pertenecía a este lugar . Ese pequeño gesto habría significado muchísimo.

Había días en que nadie me hablaba, ni una sola palabra. Esos eran los peores días. Los lunes se me hacían eternos y odiaba estar allí. ¿Cómo iba a gustarme este lugar?

Fue entonces cuando me dije a mí misma: «No es fácil ser inmigrante». La gente no ve mi timidez cuando nadie me ofrece ayuda. Quizás te preguntes: «¿Y tú qué?». Sí... lo intenté, un poco.

Le recé a mi abuela y a Dios: «Por favor… ayúdame a que me guste este lugar. Todavía me quedan seis meses». Y poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Un chef que nunca me había saludado, me saludó. Una compañera del servicio de habitaciones regresó de su semana libre y nos reímos un rato. El camarero se acercó y nos preguntó adónde queríamos ir mi compañera de piso y yo. Pequeños gestos, pero que importaban.

La gente en el trabajo es amable, pero la mayoría no sabe cómo conectar con nosotros, porque somos los primeros extranjeros que han tenido como compañeros. Comparten historias, amigos y experiencias de aquí. Éramos forasteros, aprendiendo a encontrar nuestro lugar.

Y aun así, incluso en la soledad, aprendí algo: la valentía no consiste en no tener miedo. Se trata de perseverar, de presentarse, de permitirte sentirlo todo y seguir adelante.

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